Terapia de Pareja (V) La comunicación

Entran en el despacho, ella, seria y agarrando el bolso como si se le fuera la vida, se sienta en una punta del sofá. Mira de reojo a su pareja, que se sienta en la otra punta y se cruza de brazos. hay menos de un metro de distancia entre ellos y sin embargo parece que estén a años luz el uno del otro. Ella suspira, él la mira, con el rostro entre disgustado y desorientado. Ambos, inquietos, me miran como si yo fuera la gran última esperanza para ellos, sus ojos los delatan. Ella agarra el bolso, parece lo único a lo que en ese momento vital puede agarrarse, lo abraza, no quiere mirar a su lado, sólo agacha la cabeza. Él la vuelve a mirar, no sabe qué hacer. Ninguno sabe qué está ocurriendo, sólo alcanzan a comprender que no se comprenden. Ella con la voz en un hilo, se atreve a romper el hielo mirándome fijamente, todo menos mirarle a él, tiene miedo de volver a encontrarse con ese desconocido que está sentado al otro extremo del sofá, el que alguna vez fue su compañero de vida. “No me entiende, ya no hay forma, cada vez que hablamos es una discusión, estoy harta,”. Él, en su silencio, podría haber dicho exactamente lo mismo, pero sólo puede asentir. Está muerto de miedo, ella también. 

Es sólo un ejemplo, pero muy común. Parejas que ya no hablan, sólo discuten, no se miran, se han perdido el uno al otro y no saben cómo ni dónde encontrarse. La terapia es un buen lugar para eso. Es su primer paso.

Como comenté en otro artículo (puedes verlo aquí), la pareja acude cuando ya están al límite, cuando ya ha pasado mucho tiempo desde que empezaron a perderse, y es normal que las primeras sesiones sean muy intensas, ya que ventilan toda su rabia y frustración, semanas, meses o años de desconexión emocional. Una vez se avanza en el proceso, podemos llegar a un nexo de unión, aquello en lo que ambos están de acuerdo como pareja, una explicación dentro de un “nosotros”, pero no siempre se consigue. Cuando ambos se instalan en el “no me comprende” no escuchan más allá de su verdad, la cual defienden a capa y espada, su razón y sus razones están por encima de todo. Mal camino.

El primer paso para que una relación vaya en picado es dejar de empatizar con el otro e instalarse en lo que uno cree que es la “única verdad“. De hecho, cuando una pareja empieza, la ilusión, las ganas, el amor romántico, hace que sólo estemos dentro del mundo del otro, que además nos atrae y nos parece maravilloso. Su mundo es fascinante, siempre me apetece saber más, no tengo suficiente. Todo es especial, su historia, su forma de mirarnos, de mimarnos, sus gustos, el vaso en el que bebe es el más especial para mi. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y mientras que nos vamos conociendo nos vamos alejando de ese mundo, todo deja de tener esa luz tan brillante, no desaparece en absoluto, pero adquiere otra tonalidad – si no, no podríamos comer, dormir, concentrarnos..- y eso es lo sano. El equilibrio, entre tú y yo, sabiendo que eres mi prioridad pero nunca por encima de mi mismo. El problema está cuando cruzamos esa línea. Yo soy lo más importante dentro del “nosotros”, ahora sólo estoy en mi mundo, no participo del tuyo, sólo lo que hay en mi mundo tiene sentido, es verdad, tengo la razón, la única razón. Ya no escucho, no me interesa. No tiene sentido entender si no me entienden. ¿Resultado? me desconecto de aquello que una vez era especial para estar en mi mundo, que es lo único -que en mi cabeza-tiene sentido.

En terapia vemos poco a poco qué hace/hizo que esto tuviera lugar. Observo dónde está el cable que se ha fundido, y no es casualidad que muchas veces esté en el mismo sitio. Nos hemos soltado la mano, hemos dejado de cuidarnos. Hay que atender a lo que pasó atrás y a lo que lo está manteniendo ahora, pasado y presente para un futuro. Imaginemos una situación. Acabamos de tener un hijo..¡Boom! Lo sé. Los ejemplos cuanto más extremos mejor se ve aquello que tenemos que reflexionar. En la familia de él las cosas siempre se han hecho de una forma con los niños, porque prestarles demasiada atención es malo, lo decía mi padre. Se vuelven débiles, hay que hacer niños duros y con carácter, y tenerlos siempre en brazos los vuelve flojos. En la familia de ella los bebés se atienden todo el tiempo, cuando lloran cuando se enfadan, cuando quieren algo, no atenderlos significa que se les puede generar un trauma, y eso es lo último que queremos. ¿Entonces qué hacemos? ¿Quién tiene razón? Cuando la tengo yo, tú sólo puedes estar equivocado y viceversa, no hay más opción, camino cerrado. Discutiremos porque sólo veo aquello en lo que te equivocas, no cuestionaré aquello en lo que yo pueda estar errando, porque es la verdad, la única. Lo vamos entendiendo, ¿verdad?. Además, si lo decía mi padre, mi madre, o un libro, no doy opción, es que “no me entiendes”.

Existen otras situaciones, donde nos solemos perder en la comunicación. Estas suceden cuando tenemos la sensación de no hablar el mismo idioma. Ahora pensad en este ejemplo: Ella llega cansada del trabajo, él la está esperando en casa, cansado también, ha estado con la niña toda la tarde y ya está al borde del colapso, tiene la cena preparada para ella, todo dispuesto para un agradable encuentro. Y sucede lo siguiente.

Ella (acaba de llegar): ” Hola cariño, uf! vaya día, qué horror, casi le digo a Luís (el jefe) que se puede ir a tomar viento fresco, no me han faltado ganas, menos mal que al final me he contenido porque si no..”

Él: “Pero, ¿qué ha pasado? (mientras le coloca la cena en la mesa). Ah, por cierto, la nena ha cenado bien, está en su habitación.

Ella va a verla, está jugando tranquila, a punto de irse a la cama. Vuelve al salón donde él la está esperando para acompañarla.

Él: “Bueno, no te preocupes son cosas que pasan, Vemos una peli?

Ella:” ¿Pero me has escuchado? Casi tengo una pelea con Luís..

Él: “Pero no las has tenido..”

Ella:” Ya, pero podría haberla tenido, estaba furiosa..”

Él: “Vale, pero al final no ha pasado nada, ¿verdad?, eso es lo importante, cálmate y tranquilamente vemos una peli”

Ella:” ¿Tu lo solucionas todo viendo una estúpida película? Ya estamos igual, ¿así es como piensas ayudarme? ..

Él: “Bueno chica, sólo quiero que te tranquilices, que no pasa nada, mañana en el trabajo ve con calma y si quieres hablar con Luís pues hablas y ya está, ¿cuál es tu problema?

Ella:” ¿Mi problema? En serio? ¿Crees que tengo YO algún problema? tú siempre igual, los demás tenemos un problema. Lo mismo lo tienes tú, no crees?.. Ni hablar contigo de lo que me pasa puedo, no me escuchas ni me entiendes, estoy harta.

Él: “Pues mira, no te entiendo, la verdad, no es para tanto mujer, todo el mundo se enfada con su jefe alguna vez y tú haces un mundo.. vaya problema, eres un poco dramática, ese es tu problema, siempre lo has sido, como tu madre”

Ella (con la cara desencajada) “¿Sabes qué te digo? Que se me ha quitado el hambre, me voy a la cama”

Y se marcha a la cama, con una sensación de rabia e impotencia, mientras él, entre enfadado y decepcionado, barrunta en su mente dónde ha saltado la chispa, no lo entiende. Ella, sólo puede decirse a sí misma que siempre es lo mismo. Que se siente sola, que él tiene la culpa.

Aquí podemos observar en tan corta escena, un millón de cosas diferentes. Rescataré este diálogo para futuros ejemplos. Lo que deseo mostrar es algo en concreto: Tenemos la sensación de hablar en idiomas distintos cuando uno necesita conectar a nivel emocional y el otro responde de manera racional. No es casualidad que en ejemplo sea ella la que necesita hablar emocionalmente y él lo racionaliza. Los hombres tienen mayor dificultad para conectar emocionalmente -este es otro tema-, suelen aconsejar, dar soluciones, son más prácticos. Nosotras en ocasiones sólo queremos que nos escuchen sin que aporten soluciones, sólo presencia. Cuando no conectamos en este sentido tenemos sensación de abandono, por ambas partes. Es como sintonizar dos ondas de radio distintas y si se repite a menudo, puede generar heridas. Ella se olvida de que él le ha hecho la cena, es su forma -su lenguaje-de decirle que la quiere y la cuida, aunque no sepa tan bien como ella manejarse en la emoción, él se olvida de que no habla ella, habla el cansancio, como si fuera una niña pequeña, y entrar al juego sólo va a producir distancia.

En conclusión. Nunca se tiene la verdad absoluta, es mi verdad, hay que respetarla, pero no imponerla. El otro siempre puede tener una visión que yo no he visto, no es el enemigo, es mi compañero, no quiere hacerme daño. Cada punto de vista merece un respeto, merece su lugar, empecemos por darlo. Antes de querer que te entiendan, entiende, pon los medios para ello, podrás abrir más puertas en lugar de cerrarlas. Y por último, pero no final, intenta detectar si lo que necesita el otro es emocional o racional para sintonizar la misma onda. Tu relación te lo agradecerá.